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Por. ABP Colombia.

Terrorismo de Estado en Colombia:

LA POLITIMAFIA Y EL “PACTO” DEL PARAMILLO.


Entre tantos hechos que cada día nos reconfirman que el paramilitarismo es una política de Estado, el 23 de julio del 2001, en el departamento de Córdoba, se produjo lo que los medios de comunicación han dado en llamar Pacto del Paramillo,  tan publicitado por esos órganos de la desinformación que la misma oligarquía utiliza para condicionar los razonamientos y la voluntad de quienes caen en las redes de su audiencia y que casi nulas veces se preocupan por develar la verdad sin que medie la intención doble de sacar  tajada en favor de los intereses de Estado o del grupo económico al que pertenecen.
Esta reunión, guardando ciertas proporciones,  tiene bastantes similitudes con lo que ha sido el sainete de Ralito entre paramilitares y gobierno, pues en cuanto a los decadentes personajes que la protagonizan y los intereses que representan son los mismos, haciendo gala de una capacidad de desdoblamiento que huele peor que el azufre del averno. La diferencia va en que la “Comedia de Ralito” se amparó en la acomodaticia legalidad inventada por el uribismo y su bancada parlamentaria para garantizar impunidad, y el “Pacto del Paramillo” se cubrió  con la clandestinidad; pero en todo caso la dirigencia oligárquica colombiana a la que representa u obedece la encumbrada delegación que departió con la terrible escoria paramilitar del Presidente Uribe, es la que ha organizado la macabra orgía de sangre que enluta y conmociona a quienes verdaderamente quieren a Colombia.
Once integrantes del “honorable” Congreso de la República, dos gobernadores, tres alcaldes, unos varios concejales y otros funcionarios públicos, acudieron a la cita con los paracos de Mancuso, “Don” Berna y “Jorge 40”, a rubricar la ratificación de su entrañable compromiso de proseguir el apoyo al terrorismo de Estado, en lo que se llamó el acuerdo para “refundar nuestra patria” y hacer “un nuevo contrato social”.
El conciliábulo  criminal tuvo a Salvatore el Destripador como orador de orden en la instalación. En realidad Mancuso no podía haber hablado sino como el portavoz de los sentimientos comunes de los congregados. Con seguridad, ninguna diferencia sustancial hay en la estructura mental de cada asistente a esta escena demoniaca que fuera concebida como secreta. Pero como en toda relación mafiosa, ahora entre bandidos se sacan los trapos al sol. Luego de la confesión de Salvatore Mancuso sobre los hechos de aquel convite del terror, los politimafias se han excusado diciendo que fueron amenazados, que no sabían, no leyeron o estaba en blanco la hoja que firmaron…; en fin, majaderías que demuestran la cobardía y el cinismo que al mismo tiempo los invade.
“Yo asistí y firmé el documento por la paz del país… yo escuché la lectura del documento”, ha dicho Eleonora Pineda, con convencimiento y sin inmutarse, expresando además que todos estaban al corriente de lo que ocurría. Lo cual es absolutamente cierto, y no porque lo diga la parlamentaria paramilitar sino porque desde hace ya largo tiempo que el mafioso vínculo y la identidad política entre  el paramilitarismo y los gamonales y caciquillos -aristócratas la mayoría-, es un hecho notorio, que hace parte de la génesis de la guerra sucia  que las oligarquías de uno y otro pelambre diseñaron como cruzada anti-subversiva contra el pueblo. Estas características son esencia del terrorismo de Estado desde sus orígenes en nuestro país, como característico es el protagonismo de la alta jerarquía militar.
Y en este asunto están comprometidos los llamados partidos tradicionales. No está exento el Partido Liberal de Horacio Cerpa (del Cerpa oficialista y del Cerpa “independiente”), de César Gaviria y Ernesto Samper (el de los 8000 elefantes)…, quienes específicamente en el caso del parlamentario Juan Manuel López Cabrales, firmante del “pacto”, no se atrevieron a su expulsión (¿candela y rabo de paja?). Menos aún están exentos los conservadores del ministro del interior Holguín Sardi  para quien en el documento del Paramillo “no hay nada impropio”, y hasta se podría “refrendar” (¡).  En este último caso, Actitud diferente no se puede esperar de un partido político que se ha tirado de cabeza a las pantanosas aguas del uribismo; por eso nadie cree en la mojigatería de la Dirección de la susodicha congregación cuando se rasga las vestiduras sacando de sus filas a los implicados en esa “santa alianza”.
El Ministro sabe bien lo que está diciendo; él sabe que el documento es “pertinente”, pero en su raciocinio, porque coincide a plenitud con los intereses de la “Seguridad Democrática” del Estado terrorista que rige los destinos de Colombia.
En la lógica de Holguin, es cierto que en el libelo del Pramillo no hay nada impropio, y esto es así sencillamente porque los de su calaña circulan desde hace mucho tiempo en esa corriente fascista heredera de las aberraciones  de las que es modelo el sombrío  Laureano Gómez.
En fin, el bipartidismo liberal-conservador, independientemente de los nombres de “renovación” que tomen muchos de los grupúsculos que son astillas de su tronco, es el productor –por disposición de Washington- de esta dantesca tragedia humanitaria que padece el pueblo. Así que ese cuento de las intimidaciones, o que la presencia del Estado era precaria o inexistente en las regiones donde más crímenes ha cometido el paramilitarismo, es una historieta para incautos. Precisamente esa estampa pavoroso  ha sido la presencia del Estado; así ha sido la “autoridad” del Estado y sigue siendo, ejecutada en complicidad y mismidad por los dueños del poder con sus gamonales politiqueros, con sus militares, policías, paramilitares, gran parte del alto clero y sicarios de todo nivel.
La criatura de Frankenstein parece habérseles salido de las manos hace rato, y en consecuencia muchos de los socios de la empresa macabra  están siendo víctimas de su propio invento…; pero todos sabían lo que hacían en desenvolvimiento del terrorismo de Estado, mediante una y mil reuniones, mediante una y mil masacres…, mediante la corrupción, el crimen…, la impunidad…, participando activamente, de manera abominable, siniestra…, o en el menos peor de los casos actuando por cobardía. Y no pocas veces esa acción criminal de los agentes del terrorismo de Estado ha sido escandalosamente protagónica, como ocurrió en el departamento de Sucre, por ejemplo, donde por cuenta de legisladores paracos tipo Gordo García hay fosas comunes con cadáveres de gente sencilla que suman millares.
Este ha sido un secreto a voces durante ya varios lustros, con tal intensidad y saña que ha cubierto la faz completa de la patria, donde el terror implantado por el régimen es tan grande como la complicidad, la distorsión y el encubrimiento realizado por los medios de comunicación.
Los medios también le han apostado a imponer el silenciamiento de las víctimas. Sin embargo ese “silencio” ha permanecido como latencia de indignación en la angustia de los dolientes; y esa indignación se potencia ahora frente al macabro Uribe Vélez, frente a su hermano Santiago y sus “doce apóstoles” de la muerte, frente a todos los carniceros que le sirven a Washington…, sin perder en ningún momento de vista que estamos hablando de terrorismo de Estado; sin olvidar que este aspecto han tratado de ocultarlo y seguirán tratando de ocultarlo mediante la gran prensa que -entre otras cosas-, como arreglando una nueva comedia que apunta a adquirir renovación de confianza frente al pueblo ávido de justicia, hoy hace denuncias explosivas que nos reconfirman su cinismo de siempre. Porque lo importante para el imperialismo y los oligarcas lacayos en esta lucha de clases es que así se sacrifiquen unos cuantos chivos expiatorios, no se les vaya el poder de las manos.

Pero resulta además, que ahora y como por arte de magia, o –peor aún-, por arte y gracia de la “Seguridad Democrática”, según pretende Uribe y su gabinete asqueroso,  es que las altas cortes, la fiscalía, la iglesia…, la “institucionalidad” y la “democracia” colombiana han comenzado a funcionar (¡). No nos dejemos engañar; son estas las jugadas, los sofismas, del poder permanente.

 

 

     

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