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A los caraqueños:
Anonadados
por las vicisitudes físicas y políticas, hasta el
último punto de oprobio y de infortunio, a que la suerte
ha podido reducir a un pueblo civilizado, os veis ya libres de
las calamidades espantosas que os hicieron desaparecer de la escena
del mundo; y por decirlo así, hasta de la faz de la tierra:
pues sepultados, muertos en los templos y vivos en las cavernas
que el arte y la naturaleza han formado, estabais privados de
la influencia del cielo y de los auxilios de vuestros semejantes.
En
un estado tan cruel y lamentable; y a tiempo que las persecuciones
habían llegado a su colmo, un ejército bienhechor
compuesto de vuestros hermanos los ínclitos soldados granadinos
parecen, y como ángeles tutelares os hacen salir de las
selvas y os arrancan de las horribles mazmorras donde yacíais
sobrecogidos de espanto, o cargados de las cadenas tanto más
pesadas, cuanto más ignominiosas. Parecen, digo, vuestros
libertadores, y desde las márgenes del caudaloso Magdalena,
hasta los floridos valles del Aragua y los recintos de esta ilustre
capital, victoriosos, han surcado los ríos del Zulia, del
Táchira, del Boconó, del Masparro, la Portuguesa,
el Morador, y Acarigua, transitando los helados páramos
de Mucuchíes, Boconó y Niquitao, atravesando los
desiertos y montañas de Ocaña, Mérida y Trujillo,
triunfando siete veces en las campales batallas de Cúcuta,
la Grita, Betijoque, Carache, Niquitao, Barquisimeto y Tinaquillo,
donde han quedado vencidos cinco ejércitos que en número
de diez mil hombres devastaban las hermosas provincias de Santa
Marta, Pamplona, Mérida, Trujillo, Barinas y Caracas.
Caraqueños:
El ejército de bandidos que profanaron vuestro territorio
sagrado ha desaparecido delante de las huestes granadinas y venezolanas,
que animadas del sublime entusiasmo de la libertad y de la gloria,
han combatido con un valor divino, y han llenado de un pánico
terror a los tiranos cuya sangre regada en los campos ha expiado
una parte de sus enormes crímenes. Vuestros ultrajes han
sido vengados por nuestra espada libertadora, que a un solo golpe
ha inmolado los verdugos y cortado las ligaduras de las víctimas.
Los
habéis visto, caraqueños, escaparse como tránsfugas
de vuestra capital y puertos, temiendo vuestra justa indignación,
y no temiendo la vergüenza de huir de un pueblo todavía
encadenado. No esperaron, no, la clemencia del vencedor a que
ellos no eran acreedores por las infracciones impías que
han cometido en todas las partes del mundo americano: pero el
magnánimo carácter de nuestra nación ha querido
superarse a sí mismo concediendo a nuestros bárbaros
enemigos tratados tan benéficos que le han asegurado sus
bienes y sus vidas, únicos objetos de su codicia.
Mirad
cuán pérfidos deben ser unos hombres que entregándoos
a la anarquía os pusieron en la necesidad absoluta de existir
en medio de los tumultos sin gobierno y sin orden. Mirad cuál
será su carácter fementido y protervo, cuando abandonan
a sus propios defensores a la merced de un vencedor, y de un pueblo
irritado que con razón clamaba a la venganza de tres siglos
de opresión y de un año de exterminio. Mirad en
fin con el vilipendio que ellos merecen a esos miserables que
erguidos en la prosperidad, y cobardes en el infortunio, precipitan
a sus hermanos al peligro, y los abandonan en él.
Por
fin, compatriotas míos, vuestra República acaba
de renacer bajo los auspicios del Congreso de la Nueva Granada,
vuestra auxiliadora, que ha enviado sus ejércitos, no a
daros leyes sino a restablecer las vuestras, extinguidas por la
irrupción de los bárbaros, que envolvió en
el caos, la confusión y la muerte los Estados Soberanos
de Venezuela, que hoy existen nuevamente libres e independientes
y colocados de nuevo al rango de Nación.
Esta
es, caraqueños, mi misión, aceptad con gratitud
los heroicos sacrificios que han hecho por vuestra salud mis compañeros
de armas, que al daros la libertad se han cubierto de una gloria
inmortal".
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