Poder
imperial y pueblos del Tercer Mundo
Por James Petras
La
cuestión sobre la guerra y la paz evoca muchas respuestas
contradictorias. Para los ideólogos y militaristas civiles
en Washington, la 'paz' se puede asegurar mediante la consolidación
de un imperio mundial que a su vez conlleva… la perpetuación
de la guerra por todo el planeta. Para los ideólogos y
portavoces políticos de las corporaciones multinacionales
(CMNs), el funcionamiento del libre mercado, combinado con el
uso selectivo de la fuerza imperial en determinadas circunstancias
"estratégicas", puede asegurar la paz y la prosperidad.
Para los pueblos y naciones oprimidos del Tercer Mundo, la paz
sólo puede ser consecuencia de la autodeterminación
y de la 'justicia social' –-la eliminación de la
explotación y de la intervención imperial y el establecimiento
de democracias participativas basadas en la igualdad social. Para
muchas de las fuerzas progresistas en Europa y EEUU, un sistema
de instituciones y leyes internacionales, obligatorio para todas
las naciones, podría fortalecer la resolución pacífica
de conflictos, controlar la conducta de las CMNs y defender la
autodeterminación de los pueblos.
Cada una de esas perspectivas tiene serias deficiencias. Se ha
demostrado que la doctrina militarista de la paz alcanzada mediante
el imperio ha sido la receta ideal para la guerra durante los
tres últimos milenios y especialmente durante el período
contemporáneo, de lo que dan prueba las sublevaciones anticoloniales
y guerras populistas del pasado y del presente por toda Asia,
Africa y Latinoamérica.
La idea de combinar el poder del mercado y la fuerza selectiva
para asegurar la paz ha engañado a pocos, y menos aún
a los pueblos del Tercer Mundo: En Latinoamérica, durante
las últimas dos décadas, las sublevaciones populares
encaminadas a derrocar a los clientes del 'libre mercado electoralista'
del imperio euroestadounidense nos dan testimonio de su constante
vulnerabilidad.
En los lugares donde han conseguido triunfar, los movimientos
anti-imperialistas han reemplazado una forma de imperialismo (gobierno
directo) para caer víctimas de otra basada en las 'fuerzas
de mercado'. Por otra parte, en las naciones post-coloniales,
las guerras étnicas y de clase aparecieron bajo el auspicio
de revolucionarios 'nacionalistas' y socialistas que después
se convirtieron en las nuevas elites privilegiadas.
Finalmente, el camino institucional-legalista para la paz ha sufrido
un gran desgaste al reproducir las desigualdades globales en cuanto
a poder político-social en las instituciones 'internacionales'
y en su personal judicial. Así, en cuanto a la forma, proporcionan
un marco 'internacional', en cuanto a la sustancia, sus normas
de procedimiento, omisiones y selecciones, tanto de actos como
de actores criminales, no hacen sino reflejar el interés
político de los poderes imperiales.
Lo que estoy sugiriendo es que necesitamos avanzar más
allá del antiimperialismo para que las luchas por la auto-determinación
recojan también la emancipación de clase. Tenemos
que argumentar y luchar para que haya una nueva correlación
de fuerzas socio-políticas que proporcione a las instituciones
internacionales y al personal que las sirve una perspectiva de
clase que favorezca a las naciones oprimidas y a las clases explotadas.
Esto significa apoyar las tendencias democráticas, laicas
y socialistas dentro de los movimientos antiimperialistas: apoyando
estructuras institucionales internacionales pero enfatizando,
de forma profunda y permanente, su contenido nacional y de clase.
Finalmente, aunque es necesario por objetivos tácticos
reconocer los conflictos y divisiones potenciales entre militares
y imperialistas de mercado (y alianzas momentáneas), es
importante no perder de vista sus objetivos estratégicos
comunes (construcción del imperio) aunque puedan diferir
acerca de los medios.
Controversias contemporáneas: paz y guerra
Académicos, activistas contra la guerra, políticos
y periodistas han señalado un conjunto reducido de circunstancias
y procesos a la hora de analizar las perspectivas para la guerra
y para la paz. En este documento nos centraremos en cuatro importantes
tesis y en sus implicaciones.
El 'poder en decadencia' de EEUU y las nuevas guerras
Derrotas imperiales y nuevas guerras
Interdependencia económica y amenazas militares
Nuevas configuraciones del poder y conflictos y convergencias
anti-imperialistas Las teorías que se decantan a favor
de la tesis de que el imperialismo estadounidense es un 'poder
en decadencia' son parciales, engañosas y pueden llevar
a cometer errores políticos graves. Aunque es verdad que
la economía doméstica de EEUU (lo que yo llamo la
"República") enfrenta serios problemas estructurales
(déficits presupuestario y comercial crecientes, endeudamiento
excesivo, caída de la industria manufacturera y crecimiento
de una economía especulativa), el 'Imperio' –las
operaciones exteriores de las CMNs, bancos y bases militares-
se extiende.
No están en 'decadencia'. Muy al contrario, uno podría
argumentar que es la expansión exterior económica
la que engendra el aumento de las intervenciones militares. EEUU
todavía lidera el porcentaje de CMNs, entre las 500 más
importantes (casi el 50%), comparado con Europa, Asia y el resto
del mundo; y, en varios sectores importantes como la tecnología
de la información, las finanzas y la industria manufacturera
(aeronáutica), EEUU es el poder dominante. EEUU dirige
el mundo en inversión, investigación y desarrollo
(I y D) y registra un alto crecimiento en productividad. El volumen
de las ganancias en I y D se destina sin embargo a las operaciones
de las CMNs en sus filiales en el exterior, mientras que las ganancias
y beneficios de la productividad se transfieren a la economía
financiera doméstica y a la manufactura exterior. El problema
no es una decadencia absoluta de EEUU sino el desigual desarrollo
entre el 'Imperio' y la 'República'. Más específicamente,
mientras el Imperio crece, la República disminuye.
La economía doméstica y la sociedad asumen los costes
de financiación, subvencionando y proporcionando soldados
para el imperio. Esta es la causa de que las costosas y prolongadas
guerras imperiales hayan provocado enfrentamientos y oposición
masivos recientemente. A diferencia de tiempos pasados, en los
que el imperio creó una 'aristocracia obrera', hoy en día
el imperialismo va acompañado del empobrecimiento de la
fuerza de trabajo, la reducción del gasto social y la creación
de una fuerza laboral precaria.
Frente a la expansión interna y la descomposición
doméstica, emergen al menos dos importantes políticas
imperiales: una aboga por crear nuevas 'crisis', con una escalada
del militarismo que 'distraiga' la oposición interna con
llamamientos chauvinistas y tratando de imbuir miedo a las amenazas
externas a fin de crear 'cohesión' tras el imperio. La
segunda teoría argumenta que nuevas guerras exacerbarán
la oposición doméstica, que la propagando 'chauvinista'
y del 'miedo' en aras de la guerra ha perdido su eficacia en vista
de las pérdidas materiales experimentadas por las masas,
y que es hora de dedicarse a la diplomacia (para captar competidores
imperiales), disminuir el ejército colonial e incrementar
el papel de los cipayos locales. Según esta teoría,
esto supondría reducir los déficits presupuestarios
y concentrar los recursos estatales en promover el libre mercado,
el comercio y los acuerdos de inversión internacionales.
Derrotas imperiales y nuevas guerras
Los poderes imperiales que en su camino hacia el imperio sufren
derrotas militares, diplomáticas y políticas pueden
responder de forma contradictoria dependiendo de la profundidad
y alcance de la derrota y de las consecuencias políticas
resultantes. Fundamentalmente, los poderes imperialistas responden
ante las derrotas militares de dos formas:
Buscando nuevos caminos que resulten más fáciles
(al menos a los ojos de los consejeros políticos) para
ganar guerras que logren distraer a la gente de su derrota, que
refuerce la moral entre los militares y que tranquilice a aliados
y clientes sobre de su continuada capacidad para proyectar poder;
Retirándose del campo de batalla, reduciendo su perfil
militar para neutralizar la oposición interna a la construcción
del imperio, disminuir el aislamiento político internacional
y reasignar recursos políticos, económicos y militares
a defender el sistema como un todo.
La administración Bush ha adoptado la estrategia de nuevas
guerras –amenazas de invasión, ataques militares,
sanciones económicas y golpes de estado ("cambio de
régimen")- contra Siria, Irán y Venezuela,
a pesar de estar teniendo que enfrentarse a la derrota en su guerra
en Iraq y al aumento de la insurgencia en Afganistán. Incluso
aunque los militaristas civiles de la guerra en Iraq encuentren
la oposición de una mayoría de sus ciudadanos y
se vean abandonados por un número cada vez mayor de sus
'socios en la coalición', siguen lanzando nuevas campañas
de propaganda en los medios de comunicación, satanizando
a los países que les da la gana y creando 'tensión
internacional' con la esperanza de recuperar la cohesión
interna y lograr nuevos 'socios de coalición' más
allá del mundo anglosajón.
Cuando se enfrentan a importantes derrotas militares, los consejeros
políticos del imperio estadounidense recurren con frecuencia
a invasiones "exitosas" de países pequeños
y débiles para vencer el anti-militarismo civil. Por ejemplo,
tras la derrota en Vietnam, EEUU invadió la pequeña
isla caribeña de Granada y después Panamá.
Partiendo de estas conquistas imperiales, Washington volvió
con éxito a las guerras aéreas contra Yugoslavia
e Iraq (la primera Guerra del Golfo), creando la mística
doméstica de un ejército "invencible y honesto"
preparado y dispuesto para invadir Iraq.
En el curso de los tres años de firme e interminable resistencia
y de 15.000 soldados muertos y heridos y con un coste de 300.000
millones de dólares, la mística se ha evaporado
y ha sido sustituida por desencanto y oposición.
La segunda respuesta imperial ante la derrota militar es cortar
las pérdidas, reducir las confrontaciones domésticas
y canalizar de forma temporal la construcción del imperio
por otras vías: a saber, alquiler de guerras, operaciones
secretas llevadas a cabo por unidades de operaciones especiales
e intensificación de la competencia económica en
los mercados de acciones. Se ha comprobado que ese giro, de guerra
a gran escala a guerra de baja intensidad y construcción
del imperio dirigida por el mercado, constituye sólo una
pausa temporal entre las guerras imperiales.
Tras la guerra de Vietnam, EEUU cambió al sistema de operaciones
secretas cuando se propuso derrocar el gobierno socialista democrático
de Chile, financió fuerzas mercenarias en Angola, Mozambique,
Nicaragua, Afganistán e impuso con éxito regímenes
neoliberales para abrir nuevos mercados y oportunidades de inversión
por todo el Tercer Mundo y la extinta Unión Soviética.
En resumen, las derrotas imperiales provocadas por movimientos
de liberación nacional consiguen cambiar las políticas
del imperio en algunos casos, pero no afectan a las instituciones
subyacentes y fuerzas socio-económicas que dirigen las
guerras imperiales. Está aún sin verificar la doctrina
de las guerras múltiples ante las derrotas pero entra dentro
de lo posible que, en las actuales condiciones económicas
y militares, el gobierno de EEUU logre exacerbar la oposición
interna y hacer que se extienda y profundice la resistencia armada,
particularmente en el mundo musulmán, Oriente Medio y Latinoamérica,
si se decide a atacar al gobierno electo de Venezuela.
Por desgracia, en las circunstancias presentes, las instituciones
políticas y legales internacionales han fracasado a la
hora de hacer cumplir las convenciones y los códigos legales.
Bajo el secretariado de Kofi Annan, las Naciones Unidas han ayudado
e instigado agresiones estadounidenses contra Afganistán;
han proporcionado cobertura legal a la ocupación colonial
estadounidense de Iraq al reconocer a su gobierno títere,
y han rechazado condenar el uso sistemático de la tortura
por parte de Washington y la detención ilegal e indefinida
de sospechosos. La investigación que una comisión
de Naciones Unidas llevó a cabo sobre el asesinato del
político multimillonario libanés, Hariri, acabó
haciendo acusaciones contra el gobierno sirio basándose
en testigos dudosos y en evidencias circunstanciales que ningún
tribunal independiente de justicia aceptaría.
El Tribunal Internacional para Yugoslavia, subvencionado por NNUU,
ha rechazado considerar los crímenes de guerra de EEUU,
del Reino Unido y de Kosovo – incluidos el bombardeo feroz
de ciudades, la limpieza étnica de los serbios y la ocupación
y fragmentación del territorio serbio. En una palabra,
el derecho internacional debe intentar buscar un orden institucional
internacional que, para que pueda ser realmente efectivo, se mantenga
independiente del control y manipulación europeo-estadounidense.
Interdependencia económica y envolvimiento militar Para
poder evitar las guerras es necesario prevenir aquellas situaciones
que son fuente de conflictos y de potenciales confrontaciones
militares. Las crecientes amenazas de EEUU a poderes económicos
en ascenso como es por ejemplo el caso de la República
Popular de China, están encendiendo las señales
de aviso sobre un posible conflicto militar. Durante los últimos
años, pero aún más intensamente a lo largo
de 2005, Washington se ha metido de lleno en una rabiosa campaña
de propaganda para satanizar a China – en gran parte orquestada
a base de enormes falsedades y distorsiones.
La relativa decadencia de EEUU frente al rápido crecimiento
chino ha provocado dos respuestas por parte de EEUU. Por una parte,
las CMNs estadounidenses han trasladado muchas de sus instalaciones
de su industria manufacturera a China, han aumentado sus inversiones
y comercio, y han tratado de controlar una serie de firmas potencialmente
lucrativas. Por otra parte, un paquete de sectores atrasados de
la economía estadounidense, apoyados por numerosos congresistas
y militaristas civiles neo-conservadores, ha conseguido desarrollar
una política agresiva proteccionista en el interior del
país y el envolvimiento de China en el exterior.
A pesar de la creciente "interdependencia" entre EEUU
y China –China financia el déficit exterior estadounidense
comprando miles de millones de dólares en bonos del Tesoro
de EEUU y China acumula un importante superávit comercial
con EEUU-, la facción militarista ha firmado un pacto militar
con Japón y con la India dirigido contra China; construye
bases militares en el suroeste asiático; cultiva la puesta
en práctica de ejercicios militares con su cliente, Mongolia;
y vende miles de millones de dólares en armamento militar
a Taiwan, armamento que apunta hacia las ciudades chinas.
EEUU critica los gastos militares chinos de 30.000 millones de
dólares, afirmando que se han triplicado, aunque olvidando
convenientemente que los gastos militares estadounidenses superaron
los 430.000 millones de dólares, entre cinco y quince veces
más que los de China (dependiendo de la estimación
que uno acepte). En respuesta al envolvimiento estadounidense,
China ha entrado en un pacto defensivo con Rusia y varios de los
anteriores estados que integraban la URSS.
Hay un conflicto claro entre los sectores 'militaristas' y los
sectores económicos de las elites estadounidenses sobre
la forma mejor para extender el imperio. Ambos sectores se muestran
activos a la hora de perseguir los objetivos imperiales, uno a
través del envolvimiento militar, el otro vía penetración
de mercados, con aquél impidiendo las ventas de tecnología,
de compañías petrolíferas y de otros productos
denominados 'estratégicos'.
Antes que aceptar una reducción del poder hegemónico
en Asia, donde EEUU compite económicamente con China, los
sectores dominantes militaristas intentan compensar la relativa
decadencia económica mediante un incremento de la agresión
militar. En otras palabras, la "interdependencia económica"
no es una condición suficiente para contener la propensión
de EEUU a desencadenar agresiones militares contra los poderes
económicos emergentes.
Los intentos de EEUU de bloquear la aparición de China
como poder regional sigue un plan estratégico diseñado
por Paul Wolfowitz en 1992, que exigía la implementación
de una serie de políticas económicas, diplomáticas
y militares para establecer un mundo unipolar. A menos que se
revaloricen las capacidades y limitaciones económicas de
EEUU, es probable que el previsible crecimiento de China provoque
nuevas confrontaciones militares ofensiva, bien animando el separatismo
a nivel provincial (Taiwan, Tibet y las provincias musulmanas
del oeste), o bien motivando un conflicto territorial en alta
mar o en el espacio aéreo, o alegando 'intervencionismo
en nombre de los derechos humanos' o promoviendo una nueva guerra
comercial sobre la energía y las materias primas.
Militaristas civiles versus clase gobernante tradicional
Con la elección del Presidente Bush, un nuevo bloque de
poder se ha apoderado de los principales centros de toma de decisiones
en el estado imperial; los militaristas civiles han despreciado
a las tradicionales agencias militar y de inteligencia en favor
de sus propios 'órganos de inteligencia' y 'formaciones
militares especiales'. El Departamento de Estado se ha visto eclipsado
por los neo-conservadores sionistas (Zioncons) en el Consejo de
Seguridad Nacional, el Pentágono, los influyentes y derechistas
"think tank" (núcleos de expertos) y la oficina
vicepresidencial – entre otros centros de poder.
Los Zioncons y las principales organizaciones sionistas en la
sociedad civil fueron los arquitectos y propagandistas principales
de la guerra de Iraq y continúan siendo actualmente los
impulsores fundamentales de la guerra contra Siria e Irán.
Paul Wolfowitz y Douglas Feith, anteriormente números dos
y tres del Pentágono, Irving Libby, principal asesor del
Vicepresidente Cheney, Richard Perle, principal asesor del Secretario
de Defensa Rumsfeld, y Elliot Abrams, miembro del Consejo de Seguridad
Nacional para asuntos de Oriente Medio, tienen lazos orgánicos
con el régimen que gobierna en Israel y han sido sionistas
fanáticos durante décadas. El plan de guerra contra
Iraq que propusieron y llevaron a cabo con el apoyo de los militaristas
civiles (Rumsfeld, Cheney, Bush y otros) trataba de destruir a
cualquier adversario de Israel en Oriente Medio y promover una
esfera de "prosperidad común" Israel- EEUU en
aquella región. Todas las organizaciones sionistas principales
son políticamente influyentes dentro y fuera del gobierno
y, con alguna rara excepción, son sencillamente correas
de transmisión de la política israelí.
Israel exige un cambio de régimen en Siria e, inmediatamente,
las principales organizaciones sionistas se dedican a apalancar
a toda su sucursal de clientes en el Congreso y en el Ejecutivo
para que repitan la voz de su amo. Israel exige guerra contra
Iraq porque apoyó a los palestinos y se opone activamente
a la ocupación israelí de Cisjordania, y los intelectuales
sionistas y los funcionarios del gobierno, en colaboración
con sus correligionarios en los medios de comunicación,
se ponen a ondear cientos de artículos de opinión
invocando una misión militar estadounidense para "democratizar"
Oriente Medio. Quienes elaboran la política imperialista
no son homogéneos y no comparten siempre los mismos puntos
de vista y prioridades ideológicas. La elite gobernante
tradicional no rechazó el uso de la fuerza ni la satanización
de las víctimas ni el intervencionismo para provocar "cambios
de régimen".
Lo que les diferencia en la configuración contemporánea
del poder es: 1) la postura altamente militarista, postulando
permanentemente guerras "preventivas" ofensivas en cualquier
lugar del mundo; 2) la asunción de los intereses estatales
israelíes sobre los intereses económicos de EEUU
a la hora de dar forma a la estrategia imperial estadounidense;
3) la hostilidad hacia los sectores tradicionales del Estado y
los intentos de crear centros de poder paralelos; 4) las medidas
para reemplazar el orden constitucional con un 'nuevo orden' centrado
en el ejecutivo con poderes plenipotenciarios para arrestar, encarcelar
y prohibir cualquier oposición política a sus planes
de guerra, al Estado israelí, a la vez que eliminan la
división de poderes. Como resultado, los Zioncons y los
militaristas civiles se enfrentan a un doble conflicto: 1) entre
sociedad civil y 'su estado' y 2) a una lucha intra-institucional
entre militares profesionales y la CIA y el FBI, por un lado,
y los Zioncons y los militaristas civiles que encabezan la rama
del ejecutivo y sus nombramientos en estas institucionales, por
otro.
Las presiones y conflictos, tanto fuera como dentro del aparato
estatal y en la sociedad civil, pueden tener determinadas consecuencias
dependiendo de quien consiga la carta más alta y de cómo
reaccione el bloque de poder Zioncon frente a las amenazas que
pongan en riesgo su total dominio del gobierno. La derrota de
los militaristas civiles mediante la oposición de masas,
junto al procesamiento federal de miembros clave del ejecutivo
que no termine en fracaso, pueden socavar la política militarista
y dar como resultado un calendario de retirada. Por otra parte,
esa derrota puede llevar a los militaristas civiles a tomar medidas
desesperadas, una especie de trama del '11-S' para imponer la
ley marcial y 'unificar el país' tras una política
de guerra militarista/antiterrorismo.
Conclusión
A pesar de la decadencia relativa del poder de EEUU tanto en términos
militares como económicos, en gran parte como resultado
de la resistencia popular en Iraq y Venezuela y el poder creciente
de China, la amenaza de nuevas guerras no ha disminuido. En gran
parte porque en Washington tenemos un régimen extremista
dominado por militaristas civiles 'voluntaristas', que creen en
la voluntad política frente a las realidades y los límites
objetivos.
Esto crea una enorme cantidad de incertidumbres y peligros. Por
desgracia, esta amenaza de 'nuevas guerras' está siendo
acompasada por varios líderes europeos, como Blair, Chirac
y Merkel, que se han unido al coro Zioncon para desestabilizar
a Siria y amenazar a Irán. Por ello, necesitamos profundizar
en nuestras críticas sobre la invención de 'evidencias'
de amenazas nucleares y la satanización de estados. Hay
necesidad de ir más allá mediante foros sociales
de masas donde se puedan discutir e intercambiar ideas para integrar
una participación internacional que se oponga a las guerras
imperialistas, a los estados coloniales y a las estructuras económicas
que los sustentan.
Sin cambios estructurales profundos, los derechos humanos universales
recogidos en el derecho internacional y en la Carta de Naciones
Unidas se convertirán en papel mojado. Debemos desechar
las herejías que postulan que no hay alternativas a las
guerras imperiales, que vivimos en un 'mundo unipolar', que el
'realismo' dicta acomodarse al cabildeo militarista con Washington.
En lugar de eso, debemos afirmar estas verdades: 1) que fuera
de las cenizas de las ocupaciones coloniales, los pueblos de Oriente
Medio están forjando su propio destino; 2) que vivimos
en un mundo multipolar, situado en los centros de la resistencia
popular de masas; 3) que la supervivencia de nuestro planeta depende
de un nuevo realismo basado en la libertad, la autodeterminación
y, como el Presidente Chavez afirma de forma elocuente, en el
socialismo del siglo veintiuno.
|