Capitalismo
frente socialismo: el gran debate revisitado
Por
James Petras
Traducido por Manuel Talens para Rebelión
El
debate entre socialismo y capitalismo sigue en pie. De hecho,
la batalla de las ideas se está intensificando. Las agencias
internacionales, incluidas las Naciones Unidas, la Organización
Internacional de Trabajo (OIT), la Organización para la
Agricultura y la Alimentación (FAO), la Organización
Mundial de la Salud (OMS) y los informes de organizaciones no
gubernamentales, de la UNESCO y de expertos económicos
independientes, regionales y nacionales, son una buena prueba
de que es necesario comparar las ventajas del capitalismo y del
socialismo.
Las comparaciones entre países y regiones, antes y después
del advenimiento del capitalismo en la Europa del Este, Rusia
y la Europa Central, así como una comparación de
Cuba con los antiguos países comunistas, nos proporcionan
una base adecuada para sacar algunas conclusiones definitivas.
Quince años de «transición al capitalismo»
son un tiempo más que adecuado para juzgar el funcionamiento
y el impacto de los políticos capitalistas, las privatizaciones,
la política de libre mercado y otras medidas destinadas
a restaurar la economía, la sociedad y el bienestar general
de la población.
Resultados
económicos: crecimiento, empleo y pobreza
Bajo el comunismo, las decisiones económicas y la propiedad
eran nacionales y de dominio público. Durante los pasados
quince años de transición al capitalismo, casi todas
las industrias básicas, la energía, la minería,
las comunicaciones, las infraestructuras y las industrias comerciales
pasaron a las manos de compañías multinacionales
europeas y estadounidenses y de multimillonarios mafiosos, o bien
cesaron de existir. Esto ha llevado al paro masivo y al empleo
temporal, a un estancamiento relativo, una enorme emigración
y una descapitalización de la economía a través
de transferencias ilegales, lavado de dinero y pillaje de recursos.
En Polonia, los antiguos astilleros de Gdansk, el punto de origen
del sindicato Solidaridad, están cerrados y ahora son una
pieza de museo. Más del 20% de la mano de obra se encuentra
oficialmente en paro (Financial Times, 21/22 de febrero de 2004)
y así ha sido durante la mayor parte de la década.
Otro 30% está «empleado» en trabajos marginales
y mal pagados (prostitución, contrabando, drogas, mercados
callejeros, vendedores ambulantes y economía sumergida).
En Bulgaria, Rumania, Letonia y la antigua Alemania del Este prevalecen
condiciones similares o peores: el verdadero promedio per cápita
del crecimiento durante los pasados quince años es muy
inferior al de los quince años precedentes bajo el comunismo
(sobre todo si incluimos las ventajas de la asistencia médica,
la educación, la vivienda subvencionada y las pensiones).
Además, las desigualdades económicas han crecido
de manera exponencial y el 1% de la población que disfruta
de los ingresos superiores controla el 80% de los activos privados
y más del 50% de los ingresos, mientras que los niveles
de pobreza sobrepasan con creces el 50%. En la antigua URSS, sobre
todo en las repúblicas asiáticas más meridionales,
como Armenia, Georgia y Uzbekistán, el nivel de vida ha
caído en un 80%, casi un cuarto de la población
ha emigrado o se ha convertido en indigente y las industrias y
el tesoro público y las fuentes de energía han sido
objeto de latrocinio. Los sistemas científico, sanitario
y educativo han sido casi destruidos. En Armenia, el número
de investigadores científicos disminuyó desde 20
000 en 1990 a 5 000 en 1995, y sigue bajando (National Geographic,
marzo de 2004). Armenia, de ser un centro de alta tecnología
soviética ha pasado a ser un país controlado por
bandas criminales en el que la mayoría de la gente vive
sin calefacción ni electricidad.
En Rusia, el pillaje ha sido aún peor y el declive económico
mucho más grave. A mediados de los años noventa,
más del 5 % de la población (e incluso más
en el exterior de Moscú y San Petersburgo, la antigua Leningrado)
vive en la pobreza, ha aumentado el número de personas
sin hogar y los servicios sanitarios y educativos universales
ya no existen. Nunca en tiempos de paz de la historia moderna
hubo un país que cayera tan bajo y con tanta rapidez y
profundidad como la Rusia capitalista. La economía fue
«privatizada», es decir, fue asumida por gángsteres
rusos, dirigidos por los ocho oligarcas multimillonarios que sacaron
fuera del país más de doscientos mil millones de
dólares, sobre todo a bancos de Nueva York, Tel Aviv, Londres
y Suiza. El asesinato y el terror han sido las armas escogidas
para la «competitividad económica», conforme
cada sector de la economía y de la ciencia quedaba diezmado
y los científicos de clase mundial mejor entrenados se
veían privados de recursos, de instalaciones básicas
y de ingresos. Los principales beneficiarios fueron los antiguos
burócratas soviéticos, los capos mafiosos, los bancos
estadounidenses e israelíes, los especuladores inmobiliarios
europeos, los constructores del imperio estadounidense, los militaristas
y las compañías multinacionales. Los presidentes
Bush (padre) y Clinton proporcionaron apoyo político y
económico a Gorbachov y a los regímenes de Yeltsin
que supervisaron el pillaje de Rusia, ayudados e incitados por
la Unión Europea e Israel. El resultado del robo masivo
–el paro, la pobreza y la desesperación– ha
contribuido a un enorme aumento de suicidios, trastornos psicológicos,
alcoholismo, drogadicción y enfermedades raramente padecidas
en los tiempos soviéticos. La esperanza de vida entre los
rusos de sexo masculino cayó desde 64 años al final
del socialismo a 58 años en 2003 (Wall Street Journal,
2 de abril de 2004), por debajo del nivel de Bangladesh y 16 años
por debajo de los 74 años de Cuba (Estadística Nacional
Cubana 2002). La transición al capitalismo en Rusia, por
sí sola, ha dado lugar a más de 15 millones de muertes
prematuras (que no habrían ocurrido si las tasas de esperanza
de vida hubieran permanecido en los niveles del socialismo). Estas
muertes socialmente inducidas bajo el nuevo capitalismo son comparables
a las del peor periodo de las purgas de los años treinta
del pasado siglo. Los expertos demográficos predicen que
la población de Rusia disminuirá en un 30% a lo
largo de las próximas décadas (WSJ, 4 de febrero
de 2004).
Las peores consecuencias de la «transición»
al capitalismo apoyada por Occidente todavía están
por venir durante próximos años. La introducción
del capitalismo ha minado por completo el sistema de salud pública,
lo que ha conducido a una explosión de enfermedades infecciosas
mortales, antes bien controladas. El Programa Conjunto de las
Naciones Unidas el sobre el VIH/SIDA (UNAIDS) publicó un
informe general en el que se decía que en Europa del Este
y en Asia Central «…los niveles de infección
crecen con mayor rapidez que en otras partes, más de 1,5
millones de personas en la región están hoy infectadas
(2004), en comparación con los 30 000 casos en 1995»
(y menos de 10 000 en el período socialista). Las tasas
de infección son todavía más elevadas en
la Federación Rusa, donde la tasa de aumento de la infección
por el virus del sida entre los jóvenes que llegaron a
la mayoría de edad bajo los regímenes «capitalistas»
apoyados por Occidente entre 1998 y 2004 se encuentra entre las
más elevadas del mundo.
Las bandas criminales de Rusia, Europa del Este, los Balcanes
y los países bálticos contribuyen enormemente a
la epidemia de sida a través del tráfico de heroína
y de las 200 000 «esclavas sexuales» que cada año
distribuyen por los burdeles de todo el mundo. La violenta mafia
albanesa, que opera en el recién «liberado»
Kosovo, controla una parte significativa del tráfico de
heroína y de la prostitución en toda la Europa Occidental
y en Norteamérica. Las enormes cantidades de heroína
producidas por los señores de guerra del «liberado»
Afganistán –aliados de EE UU– pasan a través
de los miniestados de la antigua Yugoslavia e inundan los países
de la Europa Occidental. Los recién «emancipados»
oligarcas de la mafia judía rusa controlan una parte importante
del tráfico de drogas, armas ilegales, mujeres y niñas
destinadas a la industria sexual y del blanqueo de dinero en todos
los países de EE UU, Europa y Canadá (Robert Friedman,
Red Mafiya, 2000). Los multimillonarios de la mafia han comprado
y han vendido prácticamente a todos los principales políticos
electorales y partidos políticos de las «democracias
del Este», siempre en alianza informal o formal con los
servicios de inteligencia estadounidenses y europeos.
Los indicadores económicos y sociales demuestran de manera
concluyente que el «auténtico capitalismo existente»
es muchísimo peor que el pleno empleo y el crecimiento
moderado de los estados del bienestar que existían durante
el anterior periodo socialista. Desde el punto de vista personal
–en lo relativo a la seguridad pública y privada,
el empleo, las pensiones y los ahorros– el sistema socialista
fue un lugar mucho más seguro para vivir que las sociedades
controladas por bandas capitalistas que las substituyeron. Desde
el punto de vista político, los estados comunistas fueron
mucho más sensible a las demandas sociales de los trabajadores,
pusieron límites a las desigualdades económicas
e, incluso adaptándose a los intereses de la política
exterior soviética, diversificaron, industrializaron y
fueron propietarios de todos los principales sectores de la economía.
Bajo el capitalismo, los políticos electorales de los antiguos
estados comunistas vendieron a precio de rebaja todas las industrias
principales a monopolios extranjeros o locales, crearon monstruosas
desigualdades y dejaron de ocuparse de la salud y de los intereses
de los trabajadores. Con respeto a la propiedad de los medios
de comunicación, el monopolio estatal ha sido sustituido
por monopolios extranjeros o nacionales, con similares efectos
de homogenización. No hay duda de que si se analizan de
manera objetiva los datos comparativos entre los quince años
de «transición» capitalista y los quince años
anteriores de socialismo, el período socialista es superior
en casi todos los indicadores de la calidad de la vida.
Comparemos ahora el socialismo cubano con los nuevos países
capitalistas surgidos de Rusia, Europa del Este y el Asia meridional.
El socialismo cubano sufrió el duro golpe del giro al capitalismo
en la URSS y Europa del Este. La producción industrial
y el comercio disminuyeron un 60% y la ingesta calórica
diaria de cada cubano cayó a la mitad. No obstante, la
mortalidad infantil en Cuba siguió disminuyendo desde 11
casos por cada 1000 nacimientos vivos en 1989 a 6 en 2003 (cifras
que se comparan favorablemente con las de EE UU). Mientras que
Rusia dedica sólo el 3,8% de su PNB al gasto sanitario
público y el 1,5% al privado, el presupuesto cubano asciende
al 16,7%. Mientras que la esperanza de vida entre los varones
bajó a 58 años en la Rusia capitalista, en la socialista
Cuba se elevó a 74 años. Mientras que el paro creció
hasta el 21% en la capitalista Polonia, disminuyó al 3%
en Cuba. Mientras que las drogas y las bandas criminales campan
por sus respetos entre los nuevos países capitalistas,
Cuba ha iniciado programas educativos y de formación para
la juventud en paro y paga salarios mientras se aprende un oficio
y se obtiene un empleo. Los continuos avances científicos
de Cuba en biotecnología y medicina son de categoría
mundial, mientras que las infraestructuras científicas
de los antiguos países comunistas se han derrumbado y sus
científicos han emigrado o viven sin recursos. Cuba conserva
su independencia política y económica, mientras
que los nuevos países capitalistas se han convertido en
clientes militares de EE UU y proporcionan mercenarios al servicio
del imperio en los Balcanes, Afganistán e Irak. Al contrario
de los europeos orientales, que trabajan como soldados mercenarios
para los EE UU en el Tercer Mundo, 14 000 médicos cubanos
trabajan en algunas de las regiones más pobres en América
Latina y África en cooperación con diversos gobiernos
nacionales que han solicitado sus habilidades. Hay más
de 500 médicos cubanos en Haití. En Cuba, la mayor
parte de las industrias son nacionales y públicas, con
enclaves de mercados privados y empresas conjuntas con capital
extranjero. En los antiguos países comunistas, casi todas
las industrias básicas son de propiedad extranjera, como
lo son la mayor parte de los medios de comunicación y las
«industrias de la cultura». Mientras que Cuba conserva
una red social de seguridad para los alimentos básicos,
la vivienda, la salud, la educación y los deportes, en
los nuevos países capitalistas el «mercado»
excluye del acceso a muchos de estos bienes y servicios a sectores
sustanciales de los desempleados y de los trabajadores mal pagados.
Los datos comparativos sobre la economía y la sociedad
demuestran que el «socialismo reformado» en Cuba ha
sobrepasado enormemente el funcionamiento de los nuevos países
capitalistas de Europa del Este y Rusia, por no hablar del Asia
Central. Incluso con las consecuencias negativas de la crisis
de principios de los noventa y del creciente sector del turismo,
el clima moral y cultural de Cuba es mucho más sano que
el de cualquiera de los regímenes corruptos dirigidos por
mafias electorales, cómplices del tráfico de drogas,
de las redes de prostitución y de subordinación
al imperio estadounidense. De igual importancia es el hecho de
que, mientras el sida infecta a millones de personas en Europa
del Este y Rusia, Cuba tiene los mejores y más humanitarios
programas de tratamiento y prevención del mundo para hacer
frente al sida. Fármacos antivirales gratuitos, tratamiento
médico sin coste alguno, programas de salud pública
bien organizados y educación sanitaria explican a la perfección
por qué Cuba tiene la incidencia más baja de sida
de los estados en vías de desarrollo, a pesar de la presencia
de una prostitución en pequeña escala, relacionada
con el turismo y los bajos ingresos.
El debate sobre la superioridad del socialismo y el capitalismo
sigue en pie, porque lo que ha sustituido al socialismo tras el
derrumbamiento de la URSS es mucho peor en todos los índices
de importancia. El debate sigue en pie porque los logros de Cuba
sobrepasan los de los nuevos países capitalistas y porque
en América Latina los nuevos movimientos sociales han llevado
a cabo cambios en el autogobierno (los zapatistas), en la democratización
de la propiedad de la tierra (el MST de Brasil) y en el control
de los recursos naturales (Bolivia) muy superiores a cualquier
cosa que el imperialismo estadounidense y el capitalismo local
puedan ofrecer.
El socialismo actual es una nueva configuración que combina
el estado del bienestar del pasado, los programas humanos sociales
y las medidas de seguridad de Cuba con los experimentos de autonomía
del EZLN y del MST.
¡Ojalá nos vaya bien!
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