Narciso Isa Conde
Venezuela, Partido Único
de la Revolución:
Pensando en voz alta
“Crear una nueva izquierda
revolucionaria, pues, es uno de los retos más importantes
después del primer lustro del Siglo XXI, dada las insuficiencias
que exhiben las izquierdas constituidas en el siglo pasado,
especialmente una parte significativa de las estructuradas en
partidos.”
“Los partidos políticos concebidos dentro de la
lógica del capitalismo liberal, incluyendo las formas
partidarias creadas para confrontar los partidos de la burguesía,
parecen caducar, imponiéndose la necesidad de nuevas
reflexiones respecto a las formaciones políticas y sociales
revolucionarias correspondientes a la actual etapa histórica
de la humanidad.”(En el siglo XXI: ¿Cuál
Democracia? ¿Cuál Socialismo?- Narciso Isa Conde,
Pág. 65, Edición Dominicana. Editora Mediabyte
S.A. / Escuela de Formación Política Orlando Martínez)
El comandante Hugo Chávez, presidente de la República
Bolivariana de Venezuela, catapultó al debate continental
y mundial el tema de la organización revolucionaria que
exige el actual proceso venezolano en los albores del Siglo
XXI, al plantear la “necesidad del partido único
de la revolución” en ese país.
Este planteamiento de Chávez,
aunque centrado en los requerimientos de la revolución
en su país, como el debate abierto sobre “el socialismo
del Siglo XXI” o
“ nuevo socialismo”, transciende las fronteras de
Venezuela y toca los déficits, que en ese orden (en el
de la creación y desarrollo de las vanguardias revolucionarias),
exhiben las luchas contra el orden dominante en toda la región.
Este tema como el de la democracia
verdadera y el socialismo para Siglo XXI, ha ido objeto de serias
reflexiones e interesantes debates desde hace varias décadas.
Los cambios en el capitalismo
y en el imperialismo, las crisis de los sistemas de instituciones
políticas afines a ese orden económico-social,
las negativas secuelas de las culturas e ideologías dominantes
y el deterioro de la llamada democracia representativa liberal,
así como el colapso del denominado “socialismo
real”, motivaron la necesidad de esas discusiones y elaboraciones,
todavía inconclusas.
Las palabras de Chávez
sobre estas cruciales cuestiones tienen la virtud de amplificar
extraordinariamente los debates y los esfuerzos teóricos
y prácticos llamados a sustanciarlos y enriquecerlos;
provocan y despliegan, a la vez, enormes energías en
esas direcciones. Su gran liderazgo nacional, continental y
mundial, los sitúan, dinamizan y proyectan a extensiones,
profundidades y escenarios superiores.
Eso ha pasado con la apertura
del debate sobre el nuevo socialismo. Y eso comienza a pasar
con la propuesta relativa al partido único de la revolución
y con el tema de la vanguardia política necesaria.
Ambas cosas, por demás, están estrechamente relacionadas.
Y ahora más, en el caso venezolano.
En mis libros mas recientes,
he tratado insistentemente el tema del socialismo y específicamente
de la necesidad de ajustar cuentas con las causas del fracaso
del llamado socialismo real (estatismo, burocratización,
corrupción, negación de la democracia, del poder
popular, de la participación ciudadana, de la democracia
de género…); he planteado tambien la necesidad
de rearmar la propuesta, de rescatar sus valores democráticos
originales (negados por la burocratización), enriquecer
los contenidos del socialismo y precisar las características
fundamentales tanto de la nueva democracia como de un nuevo
socialismo, de un socialismo a tono con los avances del pensamiento
revolucionario a la altura del inicio del Siglo XXI (Rearmando
la Utopía, 1999; Los Halcones Atacan, 2001; En el Siglo
XXI: ¿Cuál Democracia? ¿Cuál Socialismo?,
2006).
Y si pertinentes son hoy las
preguntas: ¿Cuál socialismo?, ¿Cuál
democracia?, tanto como ellas es pertinente interrogarnos sobre
la organización política que se requiere para
llevar a cabo esos objetivos, drásticamente contradictorios
con el capitalismo y el imperialismo dominante y con las actuales
“democracias” funcionales y afines a toda su maquinaria
de opresión, explotación y exclusión.
¿CUÁL
ORGANIZACIÓN?, ¿DE QUÉ TIPO?
De entrada, la respuesta a
esta pregunta, implica tener en cuenta el propósito transformador
que hemos asumido o nos proponemos asumir.
Y si de lo que realmente se
trata es de reemplazar la formación económica,
social y política vigente, por una nueva y contraria
a los intereses y poderes que ella representa, es insoslayable
hablar de una organización revolucionaria.
De una fuerza conciente,
organizada, preparada y con un gran sentido de honestidad. Capaz
de politizar, movilizar, relacionarse, articular y conducir
a los sujetos o autores sociales del cambio: a los (as) trabajadores
(as) explotados(as), a los sectores empobrecidos, oprimidos
y excluidos, a las clases y agrupamientos sociales dominados,
discriminados y marginados materialmente y espiritualmente;
capaz de librar la lucha en todos los terrenos y acumular los
recursos y técnicas(incluyendo aquellos de carácter
militar), que posibiliten crear, desarrollar y conquistar los
nuevos poderes, vencer la dominación y abrir un proceso
de transformaciones y tránsito hacia la nueva sociedad.
Capaz de contribuir a formar seres humanos nuevos, honestos,
solidarios y justos.
Esto implica un proyecto y
un programa revolucionarios, alternativos a la formación
económico-social y al sistema político-institucional
e ideológico dominantes y en crisis.
• La Crisis en Desarrollo
La crisis que sufrió
Venezuela y que padecen una gran parte de los países
del continente, es la crisis de un capitalismo dependiente neoliberal,
depredador, asesino de
La naturaleza, patriarcal, racista, antidemocrático,
adulto-céntrico, corrompido y corruptor.
El sistema político,
la institucionalidad y el orden jurídico en crisis es
la llamada democracia-liberal-representativa, ahora contra-reformada
desde la estrategia neoliberal.
La globalización neoliberal,
manipulada desde los centros imperialistas del capitalismo,
y las reestructuraciones, programas de ajustes y contrarreformas
derivadas de ella, ha potenciado la crisis en todos los órdenes
en estos países dependientes, desatando un proceso de
saqueo, destrucción de fuerzas productivas y empobrecimiento
de seres humanos y naturaleza, sin precedente en la trágica
historia del capitalismo latino-caribeño.
Tal realidad impone la necesidad
imperiosa de una alternativa integral que implique nuevos poderes,
fuerzas militares propias y/o solidarias con el proceso revolucionario,
nuevas instituciones y nueva democracia; camino a una verdadero
socialismo, a un socialismo distinto al que fracasó,
capaz de nutrirse de todas las rebeldías justas para
asumir todas las liberaciones y reivindicaciones necesarias:
de clase, de género, etno-raciales, medioambientales,
de generacionales…
• Gobierno y Poder:
instituciones elegibles y poderes permanentes en las democracias
liberales.
La dominación en las
llamadas democracias liberales-representativas tiene dos grandes
vertientes: los poderes temporales del Estado y los poderes
permanentes en el Estado y en la sociedad.
Los poderes temporales son
aquellos que se someten a procesos electivos y se renuevan periódicamente
(poder ejecutivo, poder legislativo, poder municipal o local
y, en algunos casos, poder judicial.)
Los poderes permanentes no
se someten a tales procesos y tiene continuidad (fuerzas armadas
y policiales, gran propiedad privada, medios masivos de comunicación
bajo control privado, instituciones supranacionales, mecanismos
imperialistas, misiones militares, ejércitos invasores,
altas jerárquicas eclesiásticas...)
Los poderes temporales son
más bien instituciones gubernamentales y constituyen
los gobiernos.
Los poderes permanentes son
los resortes fundamentales del poder dominante y están
acompañados del uso de la fuerza militar y del dominio
de la mente.
Los poderes permanentes pueden
ser (una parte de ellos) parte del Estado, pero trascienden
esa frontera y actúan sobre la sociedad civil con su
fuerza económica, sus organizaciones corporativas, sus
mecanismos propagandístico e ideológico, sus recursos
militares, su dominio de la información y del conocimiento.
Todo esto debe remitirnos
a diferenciar entre lo que es gobierno y lo que es poder permanente,
sin menospreciar el valor de ser gobierno.
El control de poder real implica hegemonía (autoridad,
influencia, relación, organización, conciencia)
en la sociedad civil y sobre los resortes fundamentales(civiles
y militares) del Estado, no solo en sus instituciones elegibles,
sino además en sus poderes permanentes, incluido de manera
sobresaliente el poder de las armas.
El actual poder de la gran
burguesía es local, nacional, continental y transnacional,
implica una asociación entre el gran capital criollo
y el capital transnacional. Implica además, su simbiosis
con el machismo, el racismo, el ecocidio y la hegemonía
de los adultos. Implica la opresión, discriminación
y explotación sobre los asalariados (as), los (as) excluidos
(as), las poblaciones originarias, y en no pocos casos sobre
los negros, mulatos, mestizos.
El neoliberalismo y el militarismo
imperialista que lo acompaña, por demás, ha potenciado
la capacidad destructiva del capitalismo contra la humanidad
y la naturaleza.
• Necesidad de la vanguardia
revolucionaria.
Derrotar, reemplazar, sustituir
esos poderes en la ruta hacia la nueva democracia y el nuevo
socialismo –algo que se ha iniciado en Venezuela y que
está planteado en muchos países del continente-
precisa de fuerzas sociales, políticas y militares capaces
de lograr esos trascendentes propósitos.
Entre esas fuerzas hay que
resaltar la necesidad de la organización política
revolucionaria, la vanguardia revolucionaria, estrechamente
relacionada con las clases y sectores sociales del cambio, con
los movimiento sociales y organizaciones populares, profesionales,
estudiantiles, juveniles, femeninos, ambientalistas, de pequeños
y mediano propietarios; y con suficiente autoridad e influencia
sobre la pobresía desorganizada y con suficiente fuerza
militar para reemplazar el viejo aparato.
Para contribuir con su poder
articulador, unificador, sintetizador y conductor dirigido a
la creación, desarrollo y conquista de un poder alternativo,
estatal y no estatal; para garantizar el tránsito hacia
una nueva democracia y un nuevo socialismo, esa vanguardia tendría
que asumir un programa con esas características, y educar
y movilizar el pueblo en esa dirección; proponiéndose
vencer el enemigo en todos los escenarios.
Tendría que representar
y expresar la liberación clasista respecto a la gran
burguesía criolla y transnacional, la liberación
de la mujer respecto al patriarcado y al machismo, la abolición
de la discriminación y exclusión por razones de
razas y edad, y el vínculo armónico entres los
seres humanos, los programas de desarrollo y el medio ambiente.
Cualquier cojera en algunos
de estos aspectos (cada uno con sus niveles y grado de importancia
y trascendencia), terminaría afectando el ideal de la
democracia verdadera y el proyecto de nuevo socialismo.
Sus fuentes teóricas
y sus acciones prácticas deberían inspirarse en
los grandes aportes del socialismo científico, en las
cosmovisiones indígenas, en el pensamiento social avanzado
de los próceres de nuestra primera independencia, en
el feminismo socialista-revolucionario, en el ambientalismo
transformador, en la teología de la liberación
y en los más recientes aportes impugnadores del capitalismo
y el imperialismo actual.
La multiplicidad de actores
sociales anti-sistémicos, la diversidad del abanico político-
social anticapitalista, los variados contenidos de la emancipación
integral y del proyecto de tránsito hacia el nuevo socialismo,
aconsejan no encasillar, ni reducir las fuentes teóricas
y las experiencias vividas; esto sin dejar de reconocer de mi
parte, el enorme valor y el carácter imprescindible del
método marxista.
Solo así puede crearse
progresivamente una democracia no burguesa, no patriarcal, no
racista, no adultocéntrica, no depredadora de la naturaleza…Y
avanzar hacia un socialismo liberador en todos los órdenes,
participativo e impregnado de prácticas afines a la democracia
directa y al propósito de extinguir progresivamente el
Estado y crear finalmente una sociedad libremente organizada
y autogestionada.
Esa vanguardia, si bien es
parte de la sociedad, no obligatoriamente tendría que
ser un partido como los concebidos en el contexto del predominio
del liberalismo capitalista; no necesariamente habría
que bautizarlo con ese nombre e incluso debería ser significativamente
diferente- en el sentido de su enriquecimiento- a los partidos
revolucionarios del Siglo XXI. Ella, por demás, no se
forma de sopetón e incluso puede presentar fases en que,
aun dispersa y en proceso de gestación, tenga cierta
efectividad y garantice transformaciones parciales como acontece
en Venezuela
Un capitalismo y un imperialismo
diferente, una nueva democracia y un nuevo socialismo, exigen
una vanguardia revolucionaria diferente a aquellas que correspondieron
a otros estadios del desarrollo capitalista y a otros niveles
del desarrollo del pensamiento revolucionario y socialista.
Exigen nuevas vanguardias, llámense como se llamen.
La denominación de
esa vanguardia no es lo decisivo, aunque pueda tener su importancia
relativa.
Podría llamarse partido,
movimiento, fuerza, organización político-social…,
aunque yo prefiero no ponerle el traje de partido, dado que
ha sido el instrumento político mas generalizado y desacreditada
y en vista de que no pocos de los partido realmente existentes
(de derecha y de izquierda) han contribuido a identificar ese
nombre con prácticas antidemocráticas, con formas
verticales de organización, con mecanismos manipuladores
o segregados del resto de la sociedad, incluidas sus defectuosas
y hasta perversas formas de conquistar el voto.
El descrédito de esas
formaciones políticas se ha generalizado demasiado y
los sistemas políticos electorales dominantes las han
convertido en parte de su nomenclatura, hasta el extremo de
obligar a su inscripción como tales.
Las llamadas democracias electorales
han provocado que las organizaciones políticas denominadas
partidos se dediquen prominentemente al quehacer electoral,
y se dejen contaminar por un sufragio pervertido en detrimento
de la creación y desarrollo de los espacios y mecanismo
de poder alternativos.
El sistema político
–electoral de las llamadas democracias representativas
potencia la “invisibilidad” de los poderes permanentes
en el Estado y en la sociedad civil, y estimula la seudo-cultura
del partido exclusivamente destinado a ser parte o a controlar
las instituciones renovables dentro de los poderes temporales.
Las nuevas organizaciones
políticas, o político-sociales revolucionarias,
las nuevas vanguardias deberían procurar una clara diferenciación
de esa realidad que impregna el actual sistema partidista.
• Procesos variados de formación.
Los procesos, los tiempos,
los métodos, las fases y mecanismos que podrían
tener lugar en la ruta de formación de las nuevas vanguardias,
podrían ser muy variados, según las circunstancias
y de acuerdo a las de características de sus acumulaciones
en el plano organizativo y teórico.
En algunos casos ese proceso
puede ser más compartido y más colectivo que otros.
En determinadas situaciones
las fuentes de origen pueden ser mas diversos y los liderazgos
también.
A veces una organización
y un liderazgo pueden hegemonizar su proceso de formación.
Pero otras veces no, sobretodo si el liderazgo es posterior
a su procesos de maduración. Entonces resulta tener mas
peso desde el inicio lo colectivo.
En ocasiones la dispersión
previa al inicio de los cambios es superada inmediatamente después.
En otros perdura en un plazo mayor.
En esto no hay recetas, aunque
siempre los déficits en el proceso de su conformación
se traducen en deficits de la revolución y en problemas
que gravitan sobre ellas.
Su acumulación de fuerzas
y la diversidad de las mismas -políticas, sociales, culturales,
militares- son imprescindibles, aunque sus realizaciones satisfactorias
no vayan parejas. También los déficit es una u
otra de estas vertientes influyen en los buenos y malos resultados.
Lo más importante en
todas las cosas es su carácter selectivo, la conciencia
política y la presencia a su interior de dirigentes nacionales
e intermedio bien formados
• ¿Partido Único?
A mi entender la vanguardia,
llámese o no partido, nunca debería autoproclamarse
“única” o “único”.
La conformación de
la vanguardia es un proceso que tiene incorporaciones diversas
en el tiempo, previas alianzas estratégicas necesarias.
La idea no es unir todo en
una sola organización, incluyendo lo que no sirva o lo
que este considerablemente contaminado. Tampoco forzar los componentes
revolucionarios que se resistan o retracen en el proceso unificador.
La meta es formar una gran
fuerza organizada y transformadora, aunque no necesariamente
única en términos estructurales.
La idea mas certera es lograr
autoridad bien ganada dentro de la sociedad, no forzar a otros
y otras a ser parte del mismo cause organizativo.
Debemos cuidarnos de que las
propuestas de partidos únicos y organizaciones únicas
de la revolución se realice a costa de la diversidad
revolucionaria y de la democracia socialista, violentando el
principio de la libertad de asociación con fines políticos.
Más aun hay oponerse a cualquier tendencia o paso que
facilite la implantación del sistema de partido único
en la nueva sociedad o en el tránsito hacia ella
Eso ya pasó en el “socialismo
real” con malos resultados.
Hay que garantizar el máximo
de participación, preservar la diversidad real, el debate
de las ideas, la capacidad crítica de las fuerzas sociales
y de las personas.
Hay que estimular que se multipliquen
las escuelas y que florezcan todas las flores.
EL CASO DE VENEZOLANO
Dicho todo esto- y dicho para
tenerlo muy presente en el caso venezolano a la luz de la propuesta
por el comandante Chávez- paso a analizar y valorar esos
planteamientos en relación con la situación de
ese país hermano y su actual proceso revolucionario.
La unificación de la
totalidad o la mayor parte de las organizaciones políticas
revolucionarias anticapitalistas y pro-socialistas es una necesidad
imperiosa en la Venezuela de hoy.
El proceso hacia la Revolución
Bolivariana - definido su curso antiimperialista, y cada vez
más encausado hacia orientaciones anticapitalistas y
pro-socialistas por la extraordinaria influencia del liderazgo
de Chávez – necesita avanzar más aceleradamente
en cuando a la conformación de su vanguardia colectiva,
de su programa, de su estrategia y el proyecto de socialismo
y sociedad que enarbole.
Tiene un gran líder,
firme, inteligente, sensible, capaz, valiente, audaz y cada
vez más apropiado de las ideas revolucionarias.
Tiene un pueblo humilde cada
vez mas conciente, revolucionario y combativo.
Tiene muchas organizaciones,
grupos y personas revolucionarias, partidarias de las democracias
participativas y protagónica y de las ideas socialistas,
que a la vez están afectados por altos grados de división,
dispersión y sectarismo.
Tienen también, dentro
de la avalancha bolivariana, no pocos dirigentes y militantes
políticos oportunistas, proclives a la corrupción
y a la politiquería tradicional.
Entre ellos los hay que definen
el socialismo del siglo XXI en términos socialdemócratas,
e incluso están influido por ideas neoliberales.
Los hay simplemente desarrollistas,
y en el fondo, pro-capitalistas; aunque expresando formal lealtad
al liderazgo de Chávez.
Existe además, mucha
dispersión y escasa elaboración respecto al tema
del socialismo del siglo XXI, junto a una gran debilidad formativa.
Esto pasa en el plano militar
y en las fuerzas civiles.
Aun con una derecha torpe
y declinante, es todavía fuerte la influencia de los
antivalores que predominaron durante la llamada IV República
bajo el liderazgo adeco y copeyano (clientelismo, carrerismo,
facilismo, amiguismo, nepotismo…) Esa “cultura”
ha infectado parte de las filas pro-Chávez, sobre todo
en el gran partido electoral que es el Movimiento V República
(MVR), y no solo.
A esa “cultura”
se le agrega el enorme peso de la “cultura petrolera”,
hija de la abundancia de dinero, del predominio abrumador de
la renta petrolera en su economía (en el Estado y en
a sociedad); generadora de un alto grado de parasitismo, de
la práctica del “dao”, de las salidos fáciles,
del derroche y el dispendio de recursos.
Esto infecta en alto grado
el quehacer político, fomenta el paternalismo y estimula
el menosprecio al sacrificio individual y colectivo, embotando
el aporte voluntario. Mella la conciencia y la moral revolucionaria.
El proceso hacia la revolución
en Venezuela, además, esta sometido a intensas y persistentes
presiones contrarrevolucionarias internas y externas. A graves
amenazas paramilitares
y militares, a planes de magnicidios, acciones terroristas,
ablandamientos e infiltración y agresiones militares
directas del imperialismo.
• Unificación:
necesidad urgente.
En ese contexto la propuesta de unificación de las fuerzas
revolucionarias, que es lo esencial del planteamiento de Chávez,
responde a una necesidad urgente y procura superar un serio
déficit dentro de un proceso revolucionario todavía
inconcluso, no plenamente consolidado.
Chávez golpeó
acertadamente en el “pelao”, se refirió a
una necesidad, repito, realmente imperiosa. Y no solo por lo
ya descrito, sino también por su relación con
otros déficits del proceso.
La Revolución Bolivariana
de Venezuela ha tenido un desarrollo muy desigual dentro de
un camino tan inédito como original.
Su fase ascendente comenzó
con el levantamiento militar del 1992 a cargo del Movimiento
Revolucionario 200 (MBR-20), con el liderazgo del coronel Hugo
Chávez.
Ese hecho provocó una
ruptura trascendente en uno de los pilares del poder permanente
(fuerzas armadas, policías, órganos de seguridad).
Cambió la hegemonía política dentro de
sus estructuras y catapultó el liderazgo de Chávez
a nivel militar, a nivel civil, y sobre todo, a nivel popular.
Eso no tuvo nada de pacífico
y permitió armar en buena medida, aunque no suficientemente,
la revolución en marcha.
Eso fue producto del impacto
de la rebelión social (Caracazo) y de la masacre oficial
en su contra. Aceleró el avance y la radicalización
de los militares bolivarianos.
Y esto posibilitó posteriormente
avanzar hacia la conquista toma, por vía electoral, de
las instituciones renovables del Estado venezolano; y desde
allí se cambiaron las bases constitucionales del sistema
político-institucional, hasta diseñar y poner
en marcha una nueva democracia: la democracia participativa
y protagónica (económica, política, social,
de género, multiétnica, medio ambiental…).
Los métodos democráticos empleados en el proceso
de constituyente permitieron elevar la conciencia y la participación
política del pueblo.
La constitución de
la Republica Bolivariana de Venezuela se convirtió así
en el programa del primer tramo de este nuevo proceso revolucionario.
Su empleo como tal ha contribuido a elevar extraordinariamente
el protagonismo de amplios sectores de la sociedad.
Pero esa avanzadísima
constitución ha coexistido con un aparato estatal, leyes
y normas que reproducen viejas prácticas y viejos vicios;
normas y prácticas que garantizan la convivencia con
la burocratización y las ineficiencias, y facilitan bloqueos
y sabotajes que afectan la buena marcha y la velocidad de los
cambios.
De esto resulta una mediatización
de la renovación de la gestión de gobierno y de
la hegemonía revolucionaria en el aparato estatal, tanto
en órganos elegibles como en instancias permanentes (aparatos
de los ministerios, cuerpo diplomático, poder judicial,
fuerzas armadas, policías, órganos de seguridad…)
Y mezclado con la notable
influencia de las “culturas política” de
la Cuarta República y del Estado rentista petrolero,
recicla prácticas de corrupción y otros males
del pasado.
En ese plano, pues, quedan
muchos cambios revolucionarios por hacer.
Las leyes habilitantes vinieron
a reforzar la tendencia transformadora en el plano social y
han agudizado las contradicciones de clase y la resistencia
oligárquicas, aunque su lenta ejecución guarda
relación con las ambivalencias del aparato del Estado
y con los déficit en la formación, articulación
y cohesión de los actores político de la revolución.
El poder oligárquico,
la gran burguesía dependiente (financiera, industrial,
agraria, comercial) y el capital transnacional conservan, aunque
a la defensiva, gran parte de sus intereses, aunque sometidos
a nuevas regulaciones y presiones gubernamentales que nunca
tuvieron.
En las comunicaciones mantienen
un gran control sobre grandes medios.
Perdieron si –y esto
es muy trascendente en una país rentista petrolero- el
control sobre los hidrocarburos y riquezas naturales valiosas,
lo que equivale a una gran expropiación estatal de sus
recursos. La resonante victoria en la pelea por la gestión
de PDVSA fue un paso importantísimo en materia de control
de poder permanente y de la posibilidad de redistribución
justa del ingreso nacional. El programa social de la revolución
pudo dar un gran salto a partir de ese hecho.
Pese a que en comparación
con la Cuarta República se ha modificado la correlación
de fuerzas en no pocos órganos de poder temporal –principalmente
en el poder ejecutivo, legislativo, judicial, electoral etc.-
y también en áreas del poder permanente, todavía
quedan pendientes significativas transformaciones para convertir
este proceso hacia la revolución en una autentica revolución.
Esas transformaciones se refieren tanto a la cuestión
crucial del poder estatal como a los poderes alternativos en
la organización de base de la sociedad: consejos comunales
y demás órganos de participación y control
popular.
Estas valoraciones y estos
datos de la realidad, que no pretenden abarcar todas las vertientes
y detalles del proceso, vienen a darle toda la razón
a la necesidad de avanzar firmemente hacia la unificación
del mayor número de fuerzas, tendencias y corrientes
revolucionarias sociales y hacia la conformación en un
nivel superior de la vanguardia de la revolución venezolana,
estrechamente aliadas a las fuerzas antiimperialistas y patrióticas.
Mas imperiosa es esa necesidad
si se tiene en cuenta que el sentido de integración latino-caribeña
y el proyecto de Patria Grande que impulsa el liderazgo del
proceso, exige no solo políticas progresistas de Estado
(ALBA; Petroamérica, Petrocaribe, Telesur, Eje Venezuela-Cuba-Bolivia,
Oleoducto-Gaseoducto, acuerdos de cooperación de contenido
latinoamericanista y antillanistas…), sino además
líneas comunes de lucha y solidaridad basadas en políticas
de articulación de fuerzas revolucionarias , de las vanguardias
en gestación y de los sujetos y movimientos sociales
de la revolución a escala continental y mundial. Y esto
también necesita de una fuerza política conductora,
transformadora, revolucionaria, que ni se limite ni se deje
condicionar exclusivamente por la política exterior del
gobierno.
Esto requiere diferenciar
la vanguardia revolucionaria del Estado y del gobierno, sin
cortar la relación armónica, solidaria, complementar
entre ambas partes.
La vanguardia que se funde
con el Estado deja progresivamente de ser vanguardia llámese
partido de la revolución, organización o movimiento
revolucionario unificado. El liderazgo nacional y popular puede
estar o no presente en ambas partes, pero es preciso definir
su papel en una y otra dirección, diferenciando las acciones
en ambas vertientes.
• Debate Trascendente.
La propuesta de Chávez
relanza un debate de alto interés y puede dar inicio
a un proceso más o menos promisorio de acuerdo como sea
asumido.
Este trascendente planteamiento
no debería considerarse como un decreto o una orden,
sino como una invitación a la reflexión, a la
creación heroica, a la realización de un proceso
ejemplar.
La efectiva y conciente unificación
de las fuerzas revolucionarias en Venezuela parece, dada la
diversidad y los desniveles existentes, están relacionados
más con un proceso que con un simple acto constitutivo.
Un proceso, claro está, que hay que acelerar sin precipitaciones.
Un proceso que necesita definiciones, depuraciones, pasos intermedios,
articulaciones, debates, consultas…
Definiciones sobre el tipo
de organización de vanguardia, su programa estratégico,
sus fuentes teóricas, sus formas organizativas, los procesos
de integración de las organizaciones, el rol del líder
de la revolución, su relación con el Estado, su
democracia interna, su proyecto de sociedad y de socialismo,
su denominación, ya sea por fase o definitiva.
Esto toca el destino de las
organizaciones de izquierda existentes (MVR, PCV, MEP, Tupamaros,
Podemos, PTT), el rol de los grupos revolucionarios y los movimientos
político-sociales que no son partidos, el papel de los
(as) revolucionarios (as) independientes y de los militares
revolucionarios.
Esto se relaciona con las
políticas a definir respecto a los movimientos y partidos
antiimperialistas y anticapitalistas del continente y del mundo,
insurgentes o no, que están fuera de los gobiernos y
luchando por hacer revolución en otros países
del planeta.
Precisa delinear políticas
sobre las delicadas relaciones con la sociedad, los gobiernos
y el Estado colombianos. El tema de la insurgencia (FARC, ELN
y otros) y de la oposición de izquierda al gobierno de
Uribe y a cualquier otro, asume una gran importancia en ese
entorno sub-regional,
Todo esto tiene que ver con
el nuevo internacionalismo de las fuerzas de la nueva democracia
y del nuevo socialismo, complejizada la política en cuestión
cuando se es gobierno y a la vez factor revolucionario.
Lo deseable es avanzar lo
mas rápidamente en todas esas direcciones, en todas las
exigencias del consenso unificador; mas frente a las perspectivas
de recrudecimiento de la contrarrevolución imperialista
y de sus planes de agresión derivados de la concepción
de guerra infinita que asumen Bush y sus halcones.
Porque indudablemente esto
exige crear más poder popular, más capacidad de
defensa armada desde las bases de la sociedad, armar al pueblo,
darle vida real a los Consejos Comunales y consensuar líneas
de cooperación y solidaridad con todas las fuerzas revolucionarias
de la región y el mundo capaces de disuadir y/o confrontar
victoriosamente la agresión imperial.
Estoy convencido de que una
organización revolucionaria grande, fuerte, combativa
–no necesariamente única y no obligatoriamente
con el nombre de partido- es imprescindible para enfrentar exitosamente
tantos y tan agudos desafíos.
Y si mi atrevo a hablar así
de otro proceso que no es el dominicano, es por dos cosas fundamentales:
por que siento la revolución venezolana, esa que le ha
devuelto la esperanza a los grandes cambio revolucionarios,
tan propia como la dominicana; y porque me siento no solo militante
de la nueva izquierda revolucionaria de República Dominicana,
sino también del proyecto de Patria Grande Socialista
y de la globalización solidaria y socialista.
19 septiembre 2006
Santo Domingo, Rep. Dominicana.