|
Narciso Isa Conde
Balaguer y Leonel
Balaguer fue un ser político.
Pero no cualquier ser político,
sino –sobre todo- un político aferrado al propósito
y al ejercicio del poder a cualquier precio, al margen de todo
principio y de toda moral, dispuesto a cualquier recurso por espurio
que fuera.
Para él todo era válido:
la mentira, el engaño, el fraude, el servilismo, el crimen,
el robo, la violación de la ley y de la constitución,
el soborno, la zancadilla, la puñalada trapera, el servilismo,
el olvido de las perores iniquidades, el perdón de cualquier
tipo de delito, la impunidad, el nepotismo, la suplantación
de las instituciones y todo tipo de represión y megalomanía.
Un político bonapartista,
poseído de su posesión del Estado. Capaz de asumir
la formal- aunque no real-defensa del Estado-Nación, solo
en cuanto le pudiera servir a su poder corruptor. Más estatista
que liberal, aunque con algo de las dos cosas para hacerlas funcionales
a su perpetuación en el poder y a su clientela política.
Balaguer no era neoliberal ni
por formación, ni por vocación, ni por trayectoria.
Pero era capaz de cederle muchísimo a la onda neoliberal
en función de su poder personal.
No era espontáneamente
pro-gringo; pero era capaz de ceder a todas sus imposiciones y
asumir como propia la tesis del fatalismo geográfico, del
destino dependiente de estos países ubicados alrededor
del Coloso del Norte
Balaguer fue un ser de la era
pre-digital, pre-informática, pre-virtual, aunque le tocara
vivir sus albores.
Fue un político del siglo
XIX en pleno siglo XX, alcanzando el XXI.
Convivió y alentó
todas las porquerías y todas las fechorías.
Infectó el sistema político
a su imagen y semejanza. Contaminó todas las instituciones.
Aplastó los mejores valores para darle cancha a todos los
anti-valores.
Se mostró discretamente
orgulloso de su poder corruptor hacia sus adversarios débiles
de espíritu. De sus agallas y de su implacable y demoledora
ambición.
Leonel no fue inicialmente político
de vocación.
Lucía distante del bonapartismo,
del despotismo ilustrado, del hombre de Estado a cualquier precio.
Oscilaba inicialmente entre
la formación liberal gringa y el marxismo bochista, entre
la política y el quehacer profesional El marxismo gravitó
en él con efímera influencia.
En su caso pesó sobretodo
su condición de profesional moderno, a lo norteamericano,
hasta que el modo de vida y la forma de hacer política
estadounidense le llegaron a fascinar.
Sin garras, sin firmeza, inseguro.
En eso distante de Balaguer.Apto para ser captado por la moda
neoliberal y los influjos globalizadores del gran capital y sus
Bill Gates.
Presto para convertirse en un
político de la era digital, de la post-modernidad. Capaz
de darle a lo virtual un rango suplantador de la propia realidad.
Leonel se convirtió tempranamente
al neoliberalismo, aunque sabe que no debe confesarse tal.
Leonel se quitó rápidamente
la pintura de marxista, reemplazó el liberalismo por el
neoliberalismo y se decidió por gobernar como agente de
esa globalización e instrumento de la nueva recolonización.
Pero no solo.
Leonel dejó soterradamente
a un lado el bochismo, sin renegar públicamente de él.
Leonel se convirtió a
la forma de hacer política del balaguerismo, no así
a su concepción de Estado y de país.
Asumió quizás
la peor parte de Balaguer: el clientelismo, la convivencia con
el latrocinio y el uso de la corrupción de Estado, el artículo
55 de la Constitución, la coexistencia con el crimen y
la impunidad, el soborno, la compra de conciencia, el continuismo,
la tolerancia de todas las perversidades, la simulación,
el uso de los recursos estatales como patrimonio personal y partidista.
Leonel asumió a plenitud
el componente inmoral o amoral del que hacer político balaguerista,
en franca negación de la estirpe moral de Juan Bosch.
Así produjo la mezcla
de un globalismo neoliberal de cuerpo y alma, con un ejercicio
político y una “moral”- o no moral- balagueriana.
Y eso se traduce en un entreguismo
real, un empobrecimiento real, una corrupción real y una
perversión política real, combinadas con pequeñitas
islas ultra-modernas rodeadas de mares pestilentes, combinadas
con un desarrollo virtual, un progreso virtual y una propaganda
de logros digitalizados que nunca se corresponde con lo que acontece
en nuestra sociedad.
Pero mas pronto de lo que muchos
(as) se imaginan, esa mezcla explosiva habrá de catapultar
rebeldías hoy soterradas, desequilibrios ocultos y distorsiones
insoportables.
Porque el neoliberalismo declina,
fracasa; y el balaguerismo tiene apenas una vigencia forzada y
aberrante, en tiempos apropiados en nuestra América para
nuevas democracias camino a nuevos socialismos.
|